CHURROS
¡Tú
fíjate! Desde la China vinieron. Pero los que a mí me encantaban aquellas
mañanas de verano, eran los que traía mi madre en el bolso de escay negro, en
el remolquete que había forjado mi tío Cruz el herrero, entre los sacos todavía
mojados, que habían contenido las hortalizas y frutas que al atardecer del día
anterior había traído mi padre de la huerta. Todo lo vendía a primera hora de
la mañana, y como pasaba por la churrería de su primo Santano, y a ella le
encantaban, siempre nos traía churros a la prole, que no éramos pocos.
Me
veo corriendo por la calle hacia ella cuando la divisaba al doblar la esquina
de Miravillas, hacia ella o hacia los churros, en este momento no estoy muy
seguro de mis sentimientos de entonces.
Una
vez a la semana procuro caer en la tentación de los churros. A partir de cierta
edad toda vida es prórroga, y además sin penaltis.
La
alegría de los churros, joder, la felicidad era eso…

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