jueves, 27 de agosto de 2026

RESTOS DEL NAUFRAGIO...55


 

42.- EN LA PLAZA PÚBLICA                                                                                    

 

Y ahora ella me resulta imprescindible...

Tal vez toda esa higiene de no esperar sea un poco ridícula; no esperar de la vida, para no arriesgarla; darse por muerto, para no morir... De pronto esto me ha parecido un letargo espantoso, inquieto, quiero que se acabe...

 

¿Pero quién era él?... ¿No se trataba acaso de otra copia?... igual que aquel que llevaba un manto púrpura sobre el que caían sus largos cabellos, una banda de oro ciñéndole la cabeza, calzaba sandalias de bronce y le cubrían guirnaldas trenzadas de lana y de laurel...

También él era un supuesto dios por haber, en determinado momento de su vida, sacrificado al ave y al cordero y haber arrancado el laurel bajo el techo del templo para mostrar, a los que deseaban ver, que lo invisible únicamente necesita de la luz para mostrarse...

 

Todos los seres, dicen que dijo, lo cual demuestra su falta de originalidad, no son más que pedazos desprendidos de cierta esfera de amor donde una vez se insinuó el odio. Y lo que llamamos amor no es más que el deseo de unirnos y de fundirnos y de confundirnos, tal como estábamos antes, en el seno de aquello que hoy permanece roto por la discordia.

 

Aseguraba que la disolución del mundo que conocemos, por ser este obra del odio, sería obra del amor; pero hoy todos parecen borrachos de nepente y nadie ya se acuerda de nada...

 

Sosteniendo en sus brazos el cuerpo de la mujer que amaba, sin vida, aceptó entregar a cambio la suya al fuego, suplicándole al cielo que le permitiese volver a contemplarla viva una vez más.

 

Alguien aseguró que sobre el poroso brocal de lava que circundaba el abismo ardiente del volcán se halló una sandalia de bronce torcida por el fuego...

 

Alguien asegura que los domingos por la mañana él se sienta en la plaza, en la terraza de un bar, esperando verla pasar camino del templo, haciendo como que lee el periódico, al amparo de un café con leche, con gotas, un diluvio de gotas, entre nubes, sabiendo, si acaso pueden saberse estas cosas, que sólo el amor nos convierte en...

¿Y qué era eso tan importante?...

 

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