1.- LA SONRISA DE ALPREIDELMAR
Algo menos de trescientas páginas
separaban dos frases,
y aún hoy alguno se sigue
preguntando, a cuenta de qué;
aunque es un cuento, como casi
todo lo que de verdad merece la pena.
La primera decía:
-“Algún día construiré un
castillo con unas murallas tan altas
que el cielo avergonzado tendrá
que irse a otra parte”-,
en aquellos tiempos la modestia
bañaba la tierra.
La segunda dice:
-“Cuando de verdad desees algo
debes extender tus manos y tus
brazos
de un modo que al cielo, por
serlo,
no le quede más remedio que
otorgártelo”-,
en aquellos tiempos ni tan
siquiera se había aprendido a desear.
Las dos frases pertenecían,
en el grado que puedan hacerlo
las palabras,
al mismo ser humano, que por ese
destino de los azares,
se terminó descubriendo preso de
las mismas.
Aunque ahora son muchos los que
no lo entienden,
este es un poder que las palabras
siguen conservando,
en lo que se refiere a la vida.
La primera se le había roto, he
aquí un principio de la libertad,
cuando reparó en quién era el que
le proporcionaba los ladrillos
y la vida, tiempo para construir;
y quizá por eso mismo escribió la
segunda,
cuando aún no había aprendido a
pedir,
que también se le rompió, he aquí
otro principio de la libertad,
al darse cuenta de que la
voluntad que debía realizar
no era la que, hasta ahora,
engañado,
había creído la suya...
...¡Qué escándalo!...
...¡y cuanta paz, en medio de
tanta guerra!...
Esas, algo menos de trescientas
páginas,
desechables,
como casi todo lo que de verdad
merece la pena,
constituían Alpreidelmar...

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