jueves, 27 de agosto de 2026

RESTOS DEL NAUFRAGIO...19

9.- NOCHE DE OTOÑO                                                                                                                

Praidomar, como solía ser en él costumbre, preso de su indiferencia espiritual,

se había perdido, pero no en el espacio exterior, sino en su mente.

Tanta indiferencia en los cruces de caminos es lo que tiene,

y sin embargo estaba bien, era de noche, hacia la mitad de la vida,

con una luna que crecía cayendo sobre la carretera que atravesaba Alpreidelmar,

por donde también caminaban las nubes.

Suele ser este un fenómeno típico del lugar, el mar tiene este efecto sobre la isla.

 

Con aquella imagen se podía afirmar que el cielo se paseaba sobre la tierra,

o que Praidomar, a esas horas, solía caminar entre nubes,

aunque fuese de noche, o precisamente por eso,

y en el camino más que tierra hubiese mar, cielo más bien.

                       

Una luz a lo lejos, apenas perceptible, determinaba un punto de llegada,

si uno se detenía, o de paso, si se optaba por continuar;

y Praidomar se detuvo, no porque anduviese buscando algo en particular,

sino por ejercitar su capacidad de asombro

y descubrir lo que aquel lugar contenía,

aparte de “una soledad poblada de aullidos”.

Aunque así se llegaría a manifestar,

no lo hizo precisamente en aquel momento.

 

¿Sería capaz de volver a provocar una sonrisa

sin tan siquiera pretenderlo, sin palabras, abandonado al reto de la mirada?

Desconocía las variables tempotransitales en las que se llevó a acabo la pregunta;

casi fueron nueve años para descubrir que podía plantearla,

y apenas un instante para darse cuenta

de que tres días atrás la respuesta se había hecho evidente

en aquel lugar donde ahora se detenía.

 

¿Cómo atreverse a preguntar por el sentido

de todos aquellos cantos de sirenas imaginarias?

¿Personal pedagogía divina?

 

Se veía venir, y así fue, esta noche terminó sucediéndome algo curioso,

aunque dicen mis amigos que lo curioso sería que a mí me sucediese algo normal;

se me ha caído un sentimiento sobre un esquema, casi un laberinto,

con el que trataba de representar la eternidad,

tres años después de cuando entonces, sobre el borrador inicial original todavía,

casi original, y como casi todo otra copia, y he sentido un calor frío,

como si una corriente que hubiera debido electrocutarme

me hubiese finalmente perdonado la vida;

no he podido hacer otra cosa que sonreír...

 

 

 

 

 

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