30.- ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS
...¿Y quién eres tú? ...le preguntaba la oruga...
Entonces Alicia le respondía que ella era la suprema armonía, aquella que surge en el festejo para amar, para dormir, flagelante a veces, como un surtidor incesante. La que odia apasionadamente, sin claudicar jamás. Emancipada, al fin, del ingente y pervertido sueño.
La oruga, desconcertada por un momento, se la quedó mirando, pensativa, y dijo finalmente: ¿Ah, sí?... deberías dejar de fumar esas cosas, pues ni tan siquiera eso ha de servirte. Por aquí no aceptamos más reto que la perseverancia, y ese es un sueño que se inventa... ¿Estás tú decidida al sueño eterno?...
Alicia pensó que la oruga desvariaba, algo
habría en aquel humo que no paraba de aspirar. Incluso ella, por la cercanía,
comenzó a sentir de otro modo, no diferente, fue que en sus ojos descubría la
aplicación de una nueva perspectiva.
-¡Lo que yo quiero es bajar de la nube!- exclamó Alicia finalmente, casi gritándolo.
-Hay nubes y nubes- respondió la oruga. Las nubes naturales no tienen nada de voluntarias. Uno no es responsable por encontrarse en ellas. Si lo sabemos ver descubriremos un don que tenemos que aprender a recibir; todo depende de eso, al fin y al cabo, la misma nube, el mismo don, dependiendo de quien lo reciba y lo actúe, que es al fin y al cabo quien de verdad lo vive, puede pasar de ser un privilegio a una condena, y viceversa.
Nadie puede escapar a la ley del cambio, y nadie mejor para afirmar esta ley que nuestras ilusiones.
Cuantas veces lo que comienza con sabor de
ambrosía termina convirtiéndose en un cáliz amargo, típico de la necedad
juvenil, y al contrario... a veces comienza difícil y amargo para terminar,
perseverancia de por medio, siendo dulce como la miel...
...¿Sabré de lo que estoy hablando?...
...¿Por qué no intentas adivinarme?...

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