25.- CORONAS DE LA FILOSOFÍA...3
¡Viva el perder! Entonces cantó el
cuervo: -Privar al té rojo de azúcar no es la mejor forma de acostumbrarse a
la ausencia-. Jamás es siempre, y siempre este minuto. Después se oyó un
disparo y el cuerpo del mochuelo cayó sin vida sobre el escenario. Mira, mira,
contempla las sombras que cubren los tejados y disipan la tierna claridad de
unas alas púrpuras bajo el sol. Son éstas las que despiertan vida de la muerte,
descubren trazos nunca imaginados, ocultos bajo los colores que deforman las
formas ya ausentes. Es odio, quizá la llama del amor más puro se vuelve daga y
clava con sus garras los ojos donde no existe más que miedo, miedo a lo
desconocido y siempre buscado, tan vivo, tan alerta como la pantera refugiada
entre los claroscuros y los sudores acobardados. Grita, te digo, y retuerces
tus manos con gestos gatunos, controlando la energía de tu sangre caliente.
Dispararon como bestias y el héroe, si lo fue acaso, cayó llorando. ¿Qué solaz
tendrá el guerrero? Desnudo, en el silencio quedan gotas de plomo que pesan
terribles, ahogando las respiraciones, haciendo de un minuto toda una
existencia, el tesoro exquisito, un minuto, toda la obra, todo el sentido que
pudiera tener el dejar de permanecer para crear, tal vez para elegir, un minuto
tan sólo. Poca cosa queda, un minuto y una ninfa con nombre robado. Una
estrella parpadea porque algo ya ha muerto, en un minuto. Perdida, perdía una y
otra vez descartándose de los reyes, en lugar de conservarlos como grandes
tesoros, porque los reyes carecían de valor según su personal interpretación
del juego y más en aquella jugada. Así comenzó a caminar al amanecer. No había
entrado en calor cuando ya la tormenta comenzó a levantarse desde poniente. Ni
tan siquiera pensó en la necesidad de un refugio, si era la lluvia la que
quería mojarle, quién era él para no permitírselo, quién era él para domesticar
los fenómenos naturales (¿…?). Deja que tenga sesenta razones para no perderte,
será como quemarse en el agua, o beber de la tierra, poco importa. Al otro lado
de la calle, en la plazoleta, justo frente al semáforo en rojo, una gabardina
portadora de un viejo con hombros descomunales sujeta palomas teñidas de claros
blancos grisáceos. Llegan a él como a su casa, las acaricia tiernamente y se
dejan, cómo no habrían de dejarse. Nunca vi palomas tan contentas ni anciano
tan rejuvenecido, porque no eran brazos lo que tenía por extremidades superiores,
tan superiores que atraían a las palomas como dedos imantados y además sin
alpiste, eso era lo espectacular, sólo caricias, nada tan simple, caricias como
único alimento. Al ladrido de un perro envidioso se escaparon nerviosas,
sobrevolando las calles hasta la ondulante bandera de una residencia ya vieja
como sus huéspedes perpetuos sin retorno al mundo. Los accidentales
espectadores pensaron que el episodio ya había terminado, pero se equivocaban.
Empezaron a bajar una por una de su modesta fortaleza y coronando su cabeza o
rellenando sus manos vacías volvieron a posarse seducidas por no sé qué extraño
perfume del viejo ecologista. Sería su sonrisa, o ese aire natural de quien
espera sin prisas a quién vendrá sin retraso al punto desacordado, porque lo
que menos importa es el lugar y la hora de la cita. Saben encontrarse, hay algo
entre ellos que los une para siempre. Paraíso siempre pintado, siempre perdido,
aparecido en estados alterados. ¿Y si no fuese así? Y en las noches sensuales
con cuerpo de mujer ardiente, mira, ya ves, aquí el Edén, aquí un pobre diablo.
No se entienden las sombras en la noche ni las estrellas en el día, porque la
noche es la madre sombra y el día el fruto de la madre estrella. Unas palabras
calaron mi alma..., la verdad es que no recuerdo si alguna vez estuvo en mis
manos, sin embargo, de alguna manera sentí que llegué a besar... te. Quizá lo
llevara dentro, quizá duro un instante su presencia, pero estaba tan cerca, tan
claro..., con

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