25.- CORONAS DE LA FILOSOFÍA...2
Ahí precisamente se equivocaron, si,
esos dioses incapaces del mínimo suicidio se equivocaron, y mientras tú sigas
cambiando tu moneda por especias algo impetuoso se estará formando en las
entrañas del planeta. No sé quién eres y tampoco lo que significas. Estás ahí,
firme, con los puños cerrados, mirando a la nada, pensando en tu impotencia, y
sigues respirando, cada vez más fuerte. No abandonarás tan pronto, y yo
tampoco. Pero ayer lloré, y mucho. Toda queja lleva consigo un sufrimiento, y
este se alivia en parte por la queja, una queja muy pequeña, imperceptible, muy
pequeña, muy pequeña. Es imposible creer en la justicia cuando sólo la podemos
encontrar en los diccionarios, no podemos creer en los imperpavustus, nadie nos
los presentó..., y llega un momento en que los imperpavustus nos hacen indiferentes,
sólo conocemos su nombre y advertimos curiosamente que se escriben con uve,
nada más..., y pasado ese momento sabemos que son buenos, malos, son
simplemente, son... Y los justos, los buenos imperpavustus, gobiernan la Tierra, la convierten en
Edén, sin saber nada, sin intuir nada, todo dicen hacerlo por la pagada buena
voluntad..., mientras, los injustos, los malos imperpavustus, son unos
mediocres, desgraciados, impotentes y desalmados bichos salvajes que lo saben
todo, que intuyen todo y por eso nada les está prohibido. ¿De qué les serviría
decir que está lloviendo, que la rosa se marchita, que hoy su corazón se parte
en mil pedazos? Terrible respuesta para unas manos y unos ojos que se han visto
crecer, un minuto, una sombra, una brisa, la nada. Todo concentrado en el
núcleo atómico de una esfera violeta, un suspiro, una descarga, la música. Con
música hablas en el minuto, triste insistencia en no renunciar a la eterna
caricia de un alto mensaje, minuto despierto, tranquilo y ya acabado. Torpe,
inseguro, detienes tu paso, por ese minuto, por ese suicidio que inadecuado
pasa. Aprisionar el tiempo hasta llegar a olvidarlo, tiemblan sumisas las
pestañas y anuncian el sueño, piden cansadas la paz de los campos como la danza
de las espigas y los cipreses altivos. El minuto que todo lo colma, que todo lo
aparta, que llega hasta todo por no ser de nada, con nada, por nada. Grita.
¿Qué pides? ¿Qué estás rompiendo? ¡Qué estás volando sin saber que estás abajo
y son los océanos los que empujan tus dedos y envuelven tus canas! Terrible
minuto, complejo y distante, temido. ¿Quién quiere apartarte? Relegado a
cálculos, siendo así sesenta vidas perdidas, tiradas, pequeñas..., somos
incapaces de asirlas contra el pecho y sentirlas brillando. Quisieras perderte
en tan sólo un minuto, gritando a los dioses que todo es mentira. Detienes tus
pasos, contemplando absorto la gracia que emana de tus propias sombras teñidas
de luces del ocaso, y por un minuto el color derrite el muro. Ya no importa que
un día todo se olvide, que incluso el presente no sea ahora, porque ahora es
siempre y siempre este minuto. Pero no cayó, sólo tendió su cuerpo bajo la
lluvia, sólo formó parte de los caminos mojados, del perfume de la tierra
cubierta de aguas y mares de nubes. Volvió sin miedo, eterno retorno. Un brazo
pesado sujeta otro brazo ansioso de sueños, de eternos saludos a la Luna.
Unidos en la noche sujetan unidos la tierra, las tumbas, los años, las aguas.
Discurren como limpias velas, hablando los brazos con bocas de plata.
Comprendió al fin que su salida fue inútil, su camino un tiempo circular
entorno a un eje imantado de prejuicios acumulados a través de las
generaciones, su destino una posibilidad de locura derivada de la
incomprensión. Impotente y desnudo permaneció en silencio bajo las nubes...,
sólo el tiempo puede perderse y él nunca tuvo noción de lo que representaba. Un
trueno poderoso descargó rencores partiendo el día. Su corazón, también partido
saludó acogiendo la llegada de la lluvia. Algo muy fuerte se entretenía en unir
las distintas naturalezas. Giró la cabeza y una lágrima resbaló por su rostro
cristalizando un suspiro retenido en la ausencia. Se alejó temblando, cansado
de su fracaso.
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