10.- UN TROZO DEL PARAÍSO
El hombre aquel, al que a veces llamaron
Praidomar, era uno de esos pájaros
que en cualquier espacio, aún dentro de un
dedal, encontraba el modo de volar.
Quizá por eso, al mirar desde una pausa de
conexión lo que estaba inconexo y lacerado, se descubría en la posesión de un
momento sin muerte,
agradeciendo ese resplandor de eternidad...
De ese modo, cada indagación en las tinieblas
era una búsqueda desesperada de luz y de
pureza, de amor;
y cada descenso a los infiernos
o abandono en la pesadumbre
era el deseo de una mayor elevación y una más
clara alegría....
Se dijo de él que era un eremita seducido por
el infierno,
un eremita que sin embargo no sabía de que
pozos le venía,
pese a tanto, tanta pasión humana.
Aquello que se produjo entonces,
y cuya indeterminación siguen algunos tomando
como escándalo,
fue como un toque del destino.
Se sintió como acogido por una ola, en
armonía con un movimiento
que parecía exaltar sus pensamientos...
...Salvar a alguien del error es un regalo
del paraíso...
Los principios suelen ser delicados, nadie
escapa de la dificultad inicial,
donde el brote debe pelear contra la misma
tierra que le alimenta
en su búsqueda de la luz;
pero hay siempre algo más allá, al otro lado,
el nombre que define la demora que se impone
uno mismo
entre el deseo de algo y el acto de
conseguirlo.
Se hace necesario aumentar, influir, incitar,
agrandarse,
y la manera más lenta suele ser la más
segura.
Existía el peligro, lo sentía, de ir
demasiado lejos,
por lo que tenía que aferrarse
desesperadamente
al presente, sintiendo la imprecisa
distorsión de la experiencia,
el fluir del momento,
la continua petrificación de lo que es en el
perpetuo era...
Aferrándose al presente percibió por primera
vez
la monumental regularidad del movimiento del
tiempo,
complicada por vórtices, olas, flujos y
reflujos,
como la resaca batiendo contra los
arrecifes...
...la mutación parecía ser la única ley...

No hay comentarios:
Publicar un comentario