117.- UNA VEZ MÁS SOBRE LA MUERTE …1. OCTUBRE 2005
Dice la etiqueta de la seguridad
social pegada sobre la tarjeta que indica la fecha que anuncia mi próxima
sesión de quimioterapia que tengo cuarenta y cuatro años; con uno más murió, y
en qué estado, san Francisco de Asís, y con menos, crucificado, nuestro Señor
Jesucristo.
Ya sé que no está bien decir
esto, pero lo cierto es que cuando me anunciaron que tenía cáncer estuve a
punto de saltar de alegría gritando -¡al fin una señal!-. Se anuncia
fiesta en el cielo, por aquello del pecador que se convierte, teniendo además
la inmensa suerte -todo es gracia- de morirse al poco tiempo, evitando
así el asalto de las dudas que inevitablemente surgen por querer calibrar con
pie de rey el fundamento de todo esto, de nuestra maravillosa vida, que juega
incansable, ya desde aquí, siempre un paso más allá.
Comienzo a escribir esto porque
imagino, que en el caso de durar lo suficiente, tarde o temprano tendré que
hablar de los sentimientos que despertó en mí el anuncio de la posible
proximidad de la muerte.
Nosotros los cristianos no
debemos temer a la muerte -otra cosa es el desgarro que inevitablemente se
produce por la separación de los seres que amamos-. En su Cántico de las
Criaturas dice San Francisco de Asís acerca de
Nosotros los cristianos sabemos
que él vino y se fue; se fue, pero se quedó con nosotros; se quedó, pero
volverá; y antes de que vuelva, nosotros iremos a él...
Curiosamente sigue siendo la
muerte la mejor prueba de la vida; la crucifixión y muerte de nuestro Señor
Jesucristo prueban el hecho de su vida incluso a sus enemigos; lo demás, su
resurrección, por ejemplo, ya implica locura de amor...
Ya he copiado en más de una
ocasión las meditaciones del padre Valensín sobre la muerte:
«Los
sentimientos que desearía tener en aquellos momentos –y que actualmente tengo-:
Pensar que voy a descubrir la Ternura. Es imposible que Dios me decepcione. ¡La
simple hipótesis es absurda! Iré a él y le diré: No apelo a nada más que a
haber creído en tu bondad. Pues ahí está mi fuerza, toda mi fuerza, mi única
fuerza. Si esto me abandonase, si perdiese esta confianza en el Amor, todo se
habría acabado para mí; porque no creo valer, sobrenaturalmente, nada; y si hay
que ser digno de la felicidad para conseguirla, tendría que renunciar a ella.
Pero cuanto más avanzo en mi vida, más me convenzo de que tengo razón para
representarme a mi Padre como
Yo
no tengo miedo a Dios, pero no es tanto porque yo le ame cuanto porque me sé
amado por él. Y no necesito preguntarme por qué me ama mi Padre, o qué es lo
que mi Padre ama en mí. Por lo demás me resultaría muy difícil responder a esta
pregunta; incluso, estrictamente, no sería capaz de responder. Me ama porque es
el Amor; y basta que yo acepte ser amado por él para serlo efectivamente. Pero
es necesario que yo haga este gesto personal de aceptar. Lo exige la dignidad,
la misma belleza del amor.
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117.- UNA VEZ MÁS SOBRE LA MUERTE …2. OCTUBRE 2005
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El amor no se impone: se ofrece.
¡Oh Padre mío, gracias por amarme! ¡No seré yo quien te grite que soy indigno!
En todo caso, amarme a mí, tal y como soy, ¡esto sí que es digno de ti, digno
del Amor esencial, digno del Amor esencialmente gratuito! ¡Oh, este pensamiento
me encanta! Así estoy bien protegido contra los escrúpulos, la falsa humildad
descorazonadora y la tristeza espiritual...
...Ordinariamente
pensamos demasiado en nosotros mismos, y no pensamos bastante en él. Hay
desventurados teólogos que tienen un cierto miedo –inconsciente- de hacer a
Dios demasiado bueno, o sea, demasiado bello. Dios es bueno, pero no débil,
suelen decir. Pero una bondad que no llega hasta una cierta debilidad –lo que
nuestra dureza de corazón llama debilidad-, es la bondad de la vieja señora
hugonote, que tiene miedo de fomentar en los mendigos la pereza y mide con
tiento su limosna.
Ser
débil por Amor hace a mi Padre más grande y más bello.
En
el fondo de muchos –“Domine, non sum dignus”-, late un espantoso orgullo... Una
cosa hay, por consiguiente, cierta, y que he de repetirme a mí mismo: SOY AMADO, YO, YO MISMO, y mimado por una
ternura secreta, pero vigilante. Si estuviera en pecado, no tendría más que
decir: “Perdón”, para despertar en el rostro de mi Padre una sonrisa elocuente.
Si sólo soy tibio y sin verdadera belleza, con el polvo de los pecados veniales
pegado a mi piel, entonces necesito creer que el Amor me está mirando, como una
madre mira a su hijo travieso que acaba de ensuciarse la cara con el dulce que
ha robado.
¡Dios
mío, Dios mío, consérvame esta seguridad que tengo -por gracia tuya- en tu
Amor! ¡Qué nunca deje de verte como te veo ahora! Tengo una pobre idea de mí
mismo, pero una elevadísima idea de Ti. Si tuviera que ser digno de tu Amor
para atreverme a aceptarlo, Tú ya no serías tú, no serías ya el AMOR. Hago un acto loco de fe –pero que no me
cuesta nada- en tu indulgencia sin límite. Tú me amas, Tú me amas; haz que yo
te ame».


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