martes, 1 de septiembre de 2026

RESTOS DEL NAUFRAGIO...88

117.- UNA VEZ MÁS SOBRE LA MUERTE …1.                              OCTUBRE 2005

Dice la etiqueta de la seguridad social pegada sobre la tarjeta que indica la fecha que anuncia mi próxima sesión de quimioterapia que tengo cuarenta y cuatro años; con uno más murió, y en qué estado, san Francisco de Asís, y con menos, crucificado, nuestro Señor Jesucristo.

Ya sé que no está bien decir esto, pero lo cierto es que cuando me anunciaron que tenía cáncer estuve a punto de saltar de alegría gritando -¡al fin una señal!-. Se anuncia fiesta en el cielo, por aquello del pecador que se convierte, teniendo además la inmensa suerte -todo es gracia- de morirse al poco tiempo, evitando así el asalto de las dudas que inevitablemente surgen por querer calibrar con pie de rey el fundamento de todo esto, de nuestra maravillosa vida, que juega incansable, ya desde aquí, siempre un paso más allá.

Comienzo a escribir esto porque imagino, que en el caso de durar lo suficiente, tarde o temprano tendré que hablar de los sentimientos que despertó en mí el anuncio de la posible proximidad de la muerte.

Nosotros los cristianos no debemos temer a la muerte -otra cosa es el desgarro que inevitablemente se produce por la separación de los seres que amamos-. En su Cántico de las Criaturas dice San Francisco de Asís acerca de la Hermana Muerte: -“Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal de la cual ningún hombre vivo puede escapar. ¡Ay de aquellos que morirán en pecado mortal! Bienaventurados los que encontrará en tu santísima voluntad, pues la muerte segunda no les hará mal”-.

Nosotros los cristianos sabemos que él vino y se fue; se fue, pero se quedó con nosotros; se quedó, pero volverá; y antes de que vuelva, nosotros iremos a él...

Curiosamente sigue siendo la muerte la mejor prueba de la vida; la crucifixión y muerte de nuestro Señor Jesucristo prueban el hecho de su vida incluso a sus enemigos; lo demás, su resurrección, por ejemplo, ya implica locura de amor...

Ya he copiado en más de una ocasión las meditaciones del padre Valensín sobre la muerte: 

«Los sentimientos que desearía tener en aquellos momentos –y que actualmente tengo-: Pensar que voy a descubrir la Ternura. Es imposible que Dios me decepcione. ¡La simple hipótesis es absurda! Iré a él y le diré: No apelo a nada más que a haber creído en tu bondad. Pues ahí está mi fuerza, toda mi fuerza, mi única fuerza. Si esto me abandonase, si perdiese esta confianza en el Amor, todo se habría acabado para mí; porque no creo valer, sobrenaturalmente, nada; y si hay que ser digno de la felicidad para conseguirla, tendría que renunciar a ella. Pero cuanto más avanzo en mi vida, más me convenzo de que tengo razón para representarme a mi Padre como la Indulgencia Infinita. Y que los maestros de la vida espiritual digan lo que quieran, hablen de justicia, de exigencias, de miedos; mi juez es aquel que todos los días subía a la azotea y miraba al horizonte para ver si volvía el hijo pródigo. ¿Quién no desearía ser juzgado por él? San Juan escribe: “Quien teme, no es aún perfecto en el Amor” (1Jn4, 18).

            Yo no tengo miedo a Dios, pero no es tanto porque yo le ame cuanto porque me sé amado por él. Y no necesito preguntarme por qué me ama mi Padre, o qué es lo que mi Padre ama en mí. Por lo demás me resultaría muy difícil responder a esta pregunta; incluso, estrictamente, no sería capaz de responder. Me ama porque es el Amor; y basta que yo acepte ser amado por él para serlo efectivamente. Pero es necesario que yo haga este gesto personal de aceptar. Lo exige la dignidad, la misma belleza del amor.

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117.- UNA VEZ MÁS SOBRE LA MUERTE …2.                              OCTUBRE 2005

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El amor no se impone: se ofrece. ¡Oh Padre mío, gracias por amarme! ¡No seré yo quien te grite que soy indigno! En todo caso, amarme a mí, tal y como soy, ¡esto sí que es digno de ti, digno del Amor esencial, digno del Amor esencialmente gratuito! ¡Oh, este pensamiento me encanta! Así estoy bien protegido contra los escrúpulos, la falsa humildad descorazonadora y la tristeza espiritual...

            ...Ordinariamente pensamos demasiado en nosotros mismos, y no pensamos bastante en él. Hay desventurados teólogos que tienen un cierto miedo –inconsciente- de hacer a Dios demasiado bueno, o sea, demasiado bello. Dios es bueno, pero no débil, suelen decir. Pero una bondad que no llega hasta una cierta debilidad –lo que nuestra dureza de corazón llama debilidad-, es la bondad de la vieja señora hugonote, que tiene miedo de fomentar en los mendigos la pereza y mide con tiento su limosna.

            Ser débil por Amor hace a mi Padre más grande y más bello. La Cruz me da la razón. Padre, me refugio en ti, en el regazo de tu Ternura. Tengo necesidad de amarte, sin decir nada. Y, ante todo, de darme cuenta de que Tú me amas, a pesar de lo que soy. Esto me ayuda a comprender que Tú sientes hacia mí tal y como soy un amor maravillosamente paternal...

            En el fondo de muchos –“Domine, non sum dignus”-, late un espantoso orgullo... Una cosa hay, por consiguiente, cierta, y que he de repetirme a mí mismo: SOY AMADO, YO, YO MISMO, y mimado por una ternura secreta, pero vigilante. Si estuviera en pecado, no tendría más que decir: “Perdón”, para despertar en el rostro de mi Padre una sonrisa elocuente. Si sólo soy tibio y sin verdadera belleza, con el polvo de los pecados veniales pegado a mi piel, entonces necesito creer que el Amor me está mirando, como una madre mira a su hijo travieso que acaba de ensuciarse la cara con el dulce que ha robado.

            ¡Dios mío, Dios mío, consérvame esta seguridad que tengo -por gracia tuya- en tu Amor! ¡Qué nunca deje de verte como te veo ahora! Tengo una pobre idea de mí mismo, pero una elevadísima idea de Ti. Si tuviera que ser digno de tu Amor para atreverme a aceptarlo, Tú ya no serías tú, no serías ya el AMOR. Hago un acto loco de fe –pero que no me cuesta nada- en tu indulgencia sin límite. Tú me amas, Tú me amas; haz que yo te ame».

 

 

 

 

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