113.- ATACANDO A DIOS
Cuando no se posee otra cosa que
el corazón vacío y las manos llenas de ceniza, y se utiliza cualquier elemento
de la religión para atacar a Dios o la fe en él, a los creyentes, según parece,
nos falta tiempo para gritar ¡cizaña!... olvidando que el atacante, aún
desconociéndolo está buscando a Dios, y que el trigo y la cizaña crecen siempre
juntos dentro de cada uno. El ser humano lleva dentro una inquietud insaciable,
una chispa divina que no reconocemos, que no identificamos; “el
hombre es hambre de Dios”, y eso está en todos los humanos, lo sepan o
no. Pero toda promesa de humanidad que no tenga solidaridad y que sea demasiado
autoafirmativa y autoabastecida lleva dentro de sí algo que no le permitirá
cuajar debidamente. De esa hambre habló ya san Juan de
Nuestra
llaga puede ser la herida del infinito: sólo que el infinito no es mera
autoposesión, sino donación de sí.
El
atacante-herido tendrá que aprender a mirar en concreto a Jesús crucificado y
resucitado como la auténtica realización de eso que en nosotros ha quedado
desenfocado, desdibujado, dramatizado. Me anima a esto mi fe en Dios; pues el
Señor, a mí, que fui tan malo o mucho peor que cualquiera de los atacantes
actuales, terminó llevándome por el camino de san Francisco de Asís, quien sabe
si cualquier otro no terminará principiando en el cister.
El
atacante se acerca siempre a la higuera y se queda prendido de las hojas, o de
su ignorancia, y así no se puede saciar el hambre, le falta aprender a comerse
los higos.


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