114.- AL CRISTO DE SAN DAMIÁN
Ante ti, como cada día, intento detener mis
pensamientos, mis pies y mis manos, para escuchar la posibilidad del canto de
mi corazón. Ya sé que no dejarán de ser palabras, al fin y al cabo hoy escribo,
pero es por necesidad, espero que de cantar, de otro modo, ante ti que no eres
más que Silencio…
Pones tus ojos sobre mis ojos... y ¿tu paz?
recoge la posibilidad de la mía, siendo todo no otra cosa que silencio y
asentimiento por mi parte: ¿Qué voy a decirte de mí que tú ya no sepas?... por
eso precisamente no dejo de pedirte y suplicarte que me protejas de mí, porque
no consigo amarme tanto como tú me has enseñado a hacerlo y sigo muchas veces
manifestándome como mi mayor enemigo...
Por caminos que nadie conoce ni transita,
allí me espero para asaltarme como un bandido, y al final tengo siempre que
reconocerme bajo tu cielo protector...
Te contemplo sangrante y resucitado;
sangrante porque estás más dentro de mí que yo mismo, resucitado para que yo
tenga motivos para dar razón de mi esperanza, que nada sería sin tu amor...
Cuando pienso en toda la misericordia que has
derramado conmigo, y en toda la que sigues derramando, no puedo evitar pensar
que debo correr en busca de los otros para compartirla, ¿pero cómo, de qué
modo, hoy por hoy?... Soy como los otros, ni más ni menos, motivo de tu amor;
por eso al contemplar las pequeñas trampas de lo cotidiano, capaces de hacer
rutina de lo más sagrado, con sus habladurías y rencillas... tengo
necesariamente que contemplarme en ellas; y veo mis rutinas y mis acomodos, mi
dejarme llevar, por la triste ley del mínimo esfuerzo, y si pienso en gritar no
puedo dejar de preguntarme: ¿qué es eso tan importante que vas a decir? ¿va a
construir o a destruir? ¿hará crecer o agostará para siempre?... y a veces
estas preguntas surgen ya tarde, cuando he metido la pata hasta el fondo...
Vuelvo entonces a ti ¡Dios mío! preguntándote
si es que no voy a cambiar nunca, y tú me hablas de vigilancia. ¿Me
hablas tú o lo pienso yo? No hago de esto problema, porque encuentro en tu
Palabra toda la paz que yo pueda necesitar, también a veces toda la guerra... y
me regocijo en el Espíritu Santo, no como complacencia complaciente, porque el
dolor es evidente... y te contemplo contemplándome, reconociendo que tú me
estabas mirando ya antes de yo pusiera mis ojos o mis pensamientos de nuevo en
ti...
Tú siempre estás, incluso en mis
dudas y en mis noches, sobre todo en mis dudas y en mis noches, sé que estás,
siento que estás, incluso cuando creo que ni te siento ni que es posible que
estés...

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