111.- SAN FRANCISCO DE ASSÍS
Durante los nueve años de mi estancia en la
isla hubo un cuadro que permaneció siempre en mi estudio, que ya llevé hecho
desde
Se trata de una copia de la obra de Zurbarán,
a la que yo había apañado el rostro para que se pareciese a mí lo más posible,
de hecho lo consideraba mi mejor autorretrato de entonces, y cuantos lo vieron
me preguntaban por qué me había pintado vestido de fraile...
El cuadro, en un principio, llegó a la isla
con un gesto poco propio de un santo, miraba al cielo sacando la lengua, suele
la juventud ser ignorante, necia y arrogante...
Con el paso del tiempo, recibidas algunas
coces, aquel San Francisco que era yo, terminaría tragándose la lengua y
suprimiendo lo que estaba a su espalda -una alegoría de las tentaciones- y
adoptando el aire místico que por naturaleza le correspondía...
Al abandonar la isla lo regalé a un amigo que
siempre había mostrado cierta admiración por él. Pese a que me acompañó durante
tanto tiempo, no fui capaz de imaginar entonces la importancia que San
Francisco terminaría teniendo en mi vida...
Hoy contemplo ese tiempo como proceso de
aprendizaje, de purificación; comencé con un dios al que me permitía sacar la
lengua y terminé frente a un misterio ante el cual no supe qué decir...
...y lo demás fue un no saber, un estar, un
esperar sin saber qué...
...un proyecto de viaje... “al fin de la tierra”... a Finisterre...
Unos amigos me dejaron una guía de “Monasterios Hospederías de España” y el más próximo a Finisterre estaba el
primero en la página por la que al azar abrí la guía (al menos así es como lo
recuerdo): Louro-Muros. Franciscanos...
Cuando por fin llegué al cabo Finisterre
hacía ya dos años que vivía en Santiago de Compostela, en el Convento de San
Francisco...

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