69.- ANTEA Y YO
«Si sabes que estoy soñándote... ¿por qué me
despiertas?»
Tendría yo unos doce años, en el planeta de
Venus nos enseñaban que la felicidad hay que merecerla. Ella, Antea, me
dijo:¿Jugamos a papás y mamás?
A los catorce años, en el planeta de Marte,
nos enseñaban que matar es un privilegio que nadie se merece; recuerdo que
Antea me dijo: ¡Cobarde!...
A los dieciséis años, en el planeta de Urano,
nos enseñaban que la magia es un hechizo que el alma se aplica a sí misma;
Antea, sonriendo, anotó: ¡Vas a necesitar algo más que magia!... ¡No puedo, no
puedo!...
Entonces saqué la varita mágica que tenía
escondida, y llorando, se la puse en la mano...
Se me pierde la memoria, despierto y me doy
cuenta de que ella sigue llamándose Antea... ¿Qué planeta es este?... ¡
A los dieciocho años Antea se marchó, y
volvió a los veinte, para decirme, mientras ardía su campo de maíz: ¡Tu
optimismo sigue siendo insoportable!
A los treinta años Antea no
soportó ser otra cosa que una imagen en el centro de un sueño, y se despidió
con un adiós que creyó definitivo.
Volvió a los cuarenta, con más fuerza,
ardiente, abrazándose a mi tranquilidad...
Desaparecí a los cincuenta, creyendo romper
el ciclo..., curiosamente me hallé en el lugar en el que años atrás había
nacido Antea; parecía una niña. Mientras la estoy esperando, ella se acerca, de
vez en cuando, para decirme: ¡No sé si te quiero!
Recuerda el río, y se inventa la mar…
Amor mío ¿a dónde vas?...
Hace demasiado tiempo que la vida transformó
el sueño en una mentira…
«El Señor Dios nos proporcionó un vino tan potente
que al beberlo la persona abandona los dos mundos…
… escojamos por tanto el licor más puro,
el que nunca fue adulterado con el temor
ni la urgencia de lo necesario».

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